El día había sido algo lento. Los días sábados correspondían a salidas familiares, por lo que la mayoría se había ido del internado, yo me quedaba encerrada, no por que quisiera, si no por que desde que mi padre nos dejo acá, no lo volví a ver. A veces me preguntaba si estaba bien o si necesitaría algo, luego pensaba en los últimos años juntos y todo el odio volvía a mi. Cristina solía decirme que odiar solo me hacía daño a mi misma, tal vez tenía razón pero era algo que ya no podía controlar, el odio, en mi caso, ya no era solo un sentimiento, más bien era un estado constante en mi vida. Y el odio seguía aumentando cada día sábado, cada vez que veía a unos padres venir en busca de sus hijos, a dos hermanos abrazándose, a dos personas amándose.
Mientras me encontraba distraída en mis pensamientos una de las chicas irrumpió en mi cuarto.
-¿Que demonios te pasa? toca la puerta la próxima vez ¿quieres?-
-Lo siento, lo siento-
-¿Que quieres?-
-Nada-
-¿Entonces para que viniste?-
-... lo que pasa... este... ¿No esta Cristina?- Normalmente era a ella a quien se dirigían cuando querían pedirme algo.
-No, acaso crees que te estaría escuchando si ella estuviera-
-Oh, claro, lo siento-
-Dime a que viniste-
-¿Ah?... ¡ah! si, llegaron nuevos-
-¿Nuevos que?-
-Internos-
-Bien ¿Cuantos son?- Normalmente se me avisaba sobre los nuevos internos, pues debían conocer las reglas del lugar, o sea debían pagar un precio para ser protegidos mientras se amoldaban al lugar. Era claro que cuando nuevos llegaban, varios eran los que querían hacerlos pedazos, solo para conseguir respeto y nada más, yo por el contrario les ofrecía protección, partían por rechazarla, pero luego siempre volvían implorandola.
-Son cinco, tres chicas y dos hombres-
-Bien iré a echar un vistazo- me levante de la cama y me mire un poco al espejo, note que la muchacha aun estaba ahí- ¿Que demonios haces aun aquí? Lárgate o quieres un premio-
-¡Oh! no, lo siento, perdón- y salio de la pieza.
Los pasillos estaban vacíos, uno que otro pelagato andaba por ahí, al doblar la esquina una de las chicas que normalmente andan conmigo estaba con un chico, al verme lo empujo y me siguió.
-¿A donde vamos?-
-Llegaron internos nuevos-
-Bien ¿quieres que llame a las demás?-
-Ubicalas, cuando termines ve a encontrarte conmigo a la entrada de la oficina, la Madre Ester siempre termina los recorridos donde los comenzó-
-Ok ¿Cristina no esta?-
-No salió con su madre-
-Bien, buscare a las demás- Yo continué caminando mientras ella se devolvía tomando un atajo por otro pasillo.
De las chicas que me acompañaban día a día, la única que salia los días sábados era Cristina, ella tenía buena relación con su madre, el problema era su padrastro que no la soportaba en casa y bueno según ella se sentía mejor estando en el internado que allá. Yo solo le creía la mitad, pero era su problema, no me metería en eso. Al llegar a la oficina las muchachas ya estaban ahí sentadas esperando, al verme se pararon para darme el asiento y luego se ubicaron a mi alrededor.
-¿Alguna sabe algo de ellos?- Gabriela era quien normalmente sabia la información de todo lo que me podría interesar, por lo que la pregunta iba dirigida principalmente a ella.
-Son 5, Amelia, 15 años, la mandaron por una orden de juzgado, la apresaron robando en una tienda de ropa. Silvia, 14 años, fue traída por sus padres, católicos fervientes que luego de escuchar de labios de su hija que Dios no existe creyeron que lo mejor seria traerla acá. Luisa, 16 años, fue traída por su madre la cual no tiene pareja, se vio desesperada luego de que la expulsaron de 5 establecimientos, esta aquí por que no tenía otra opción. Iván, 15 años, lo mandaron del juzgado luego de atraparlo asaltando una farmacia. Franco 17 años, no hay antecedentes de él.
-¿Por que no hay antecedentes de él?-
-No lo sé, busque en los informes, pregunte a mis mejores fuentes durante la semana, nadie sabe nada de él, se cree que es de otra ciudad, en la zona no tiene familia, llegó solo-
-Interesante, bien hecho Gabriela-
Nos quedamos calladas durante un tiempo, entonces se vislumbraron a lo lejos la madre Ester seguida por los nuevos, los vi uno por uno, cada uno más ingenuo que el otro, sus caras demostraban temor, hasta que lo vi a él.

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